miércoles, 26 de noviembre de 2025

DOMINGO I DE ADVIENTO

 


DOMINGO I DE ADVIENTO

30-11-25 (Ciclo A)

 

Comenzamos hoy este tiempo especialmente significativo del Adviento. Palabra que significa advenimiento, la venida de alguien esperado, y que hace que quienes lo esperan, se sientan ansiosos e inquietos por su tardanza, preparándose adecuadamente para recibirlo, con el corazón lleno de esperanza, ya que nadie puede anhelar lo que no espera.

Y lo que nosotros vivimos en este tiempo litúrgico es la renovación de esa esperanza primera que colmó los corazones de los creyentes, ante la promesa cierta de la venida del Hijo de Dios, encarnado en la persona de Jesús, Dios-con-nosotros.

Porque esta es la grandeza de la liturgia cristiana, que nos acerca de forma siempre nueva y actual, lo que ya aconteció una vez en el pasado, pero que por la acción del Espíritu Santo presente en su Iglesia, volvemos a revivirlo con gozo para el crecimiento del Pueblo de Dios.

El adviento es por tanto un tiempo de esperanza en el que se renueva el corazón y brota con fuerza el optimismo ante la vida. Eso mismo nos narra la profecía de Isaías que acabamos de escuchar en la 1ª lectura. En un momento en el que el pueblo de Israel sólo ve ruinas y desolación a su alrededor; en medio de su destierro y abandono más absoluto, surge una voz que les hace levantar la cabeza y mirar muy hacia delante con esperanza. Dios no se ha olvidado de nosotros, Dios camina como peregrino y exiliado junto a su pueblo y aunque el presente nos desconsuele y abata, llegará pronto el día en el que su reinado se haga realidad para todos; ese momento en el que las armas destructoras se conviertan en herramientas constructivas, en el que el odio se transforme en amor y en el que sólo haya un pueblo de hermanos y un único Señor.

El adviento anhelado de Israel tardó desde entonces casi ochocientos años en llegar. Y muchos lo fueron preparando y esperando al recoger de sus padres el testimonio y la esperanza de una fe que iba construyendo lazos de fraternidad entre las personas.

Otros, sin embargo, se hundieron en su desesperanza y sucumbieron ante la fuerte presión de su momento porque no supieron ver más allá de lo inmediato dejándose vencer por las adversidades y penurias. Así sucede en nuestros días.

Los cristianos nos disponemos a preparar la venida del Señor con una ilusión que se renueva cada año, y que sólo podemos contemplarla en su pureza a través de la mirada confiada de los niños, siempre asombrada y muy abierta para no perderse nada.

Tenemos que recuperar esa segunda ingenuidad para que el corazón sienta el calor del amor de Dios encarnado en nuestra historia y que una y otra vez vuelve a recordarnos este acontecimiento, para compartir, sufrir, y gozar a nuestro lado porque este mundo cuenta con el sí definitivo de Dios.

Adviento no es tiempo de tristeza, ni de penitencia, ni de aburrida rutina navideña. El adviento es una nueva oportunidad que todos tenemos, mayores y jóvenes, para dar un giro a nuestras vidas y provocar en ellas el milagro del nacimiento de Cristo, para lo cual sí tenemos que estar debidamente preparados.

Dios puede pasar a nuestro lado y no darnos cuenta. Él se acerca de muchas maneras y generalmente no lo hace de forma llamativa. Su lugar privilegiado está junto a los que sufren cualquier penuria; su rostro sólo puede verse a través de los rostros humanos, y en especial en aquellos que muchas veces evitamos mirar, los pobres, enfermos y marginados, auténticos sacramentos de la presencia de Jesucristo.

Dios viene a nuestra vida cuando menos lo esperamos y por no esperado puede resultar molesto o inoportuno, cerrando nuestras puertas a su llamada y renunciando sin darnos cuenta a su encuentro.

Es preciso espabilarse, como nos recuerda San Pablo en su carta a los romanos, porque “nuestra salvación está más cerca”. La rutina y la monotonía también hacen su mella en la experiencia de la fe.

Podemos repetir oraciones sin rezar, dar limosna sin ser caritativos, trabajar por los demás sin abrirles el corazón, celebrar grandes fiestas familiares sin vivir la  navidad.

Podemos caer sin darnos cuenta en la repetición de unos gestos heredados del pasado pero que han perdido su sentido para nuestra experiencia creyente.

Hay que recuperar la fe de quien ama y el compromiso de quien se siente enviado por Dios a transformar este mundo en su reino, y para eso es necesaria la confianza permanente junto con la apertura a la novedad que siempre nos trae Dios en cada acontecimiento de nuestra vida.

Este es el reto para este adviento, revitalizar nuestra experiencia de fe y seguir esperando con ilusión de niño la navidad inminente. Sólo de esta forma prepararemos nuestra vida para favorecer el encuentro personal con el Señor, y así sentiremos aquella inmensa alegría que los pastores vivieron ante el anuncio del Ángel, que daba gloria a Dios en el cielo, y anunciaba la paz para los hombres amados por él.

Nuestro mundo sigue esperando con anhelo la venida de su Salvador. Si oscuro resulta muchas veces el presente, más necesario se hace que surjan profetas que ofrezcan la luz de la esperanza. Y este servicio tan necesario en nuestro tiempo tenemos que asumirlo los seguidores del Señor. Preparando el camino de la paz, la verdad y la justicia, y ofreciendo una palabra de aliento y de esperanza a nuestros hermanos que más sufren. Si es verdad que hay mucha tarea por hacer, también es cierto que son muchos los signos de solidaridad y de vida que van emergiendo con la entrega generosa de todos.

Que este tiempo de adviento nos ayude a mirar nuestro mundo con esperanza, porque en él nace cada día el mismo Dios, preparemos su venida con auténtico espíritu fraterno y solidario, para poder cantar con el salmista, “vamos alegres a la casa del Señor”.

jueves, 20 de noviembre de 2025

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

 


DOMINGO XXXIV SOLEMNIDAD

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO 23-11-25- C

 

         Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Una manera de acercarnos al final de la vida de Jesús con ojos de fe, y a la que unimos nuestra esperanza  de participar un día en ese Reino de amor, de justicia y de paz instaurado por el Señor.

         Toda la vida de Jesús ha estado entregada al servicio de ese Reino de Dios. Su espiritualidad centrada en el amor y obediencia al Padre, su desarrollo personal en el conocimiento y escucha de la Palabra de Dios para ofrecerla a los demás con la autoridad de quien la cumple, y sobre todo su pasión por los últimos de este mundo sin hacer distinciones por motivos de raza, cultura o condición social, nos muestran a una persona especialmente tocada por Dios hasta el punto de reconocer en él al Mesías, al Hijo del Todopoderoso.

Esta experiencia de fe que nosotros hoy compartimos y celebramos entorno al altar del Señor, nos ha sido transmitida por el testimonio de otros creyentes. Llegando en esta transmisión de la fe hasta los cimientos apostólicos.

Aquellos primeros discípulos del Señor, nos han dejado como testamento este evangelio que hemos escuchado y donde el Rey de los judíos aparece coronado de espinas, revestido con el manto de su cuerpo torturado, y entronizado en el patíbulo de la Cruz, para escándalo y desolación de quienes lo seguían con entusiasmo, pero que en la hora de la verdad lo abandonaron a su suerte.

Estas fueron las insignias reales de Jesús a quien nosotros reconocemos como nuestro único Señor.

         Jesús no es rey al modo de la realeza de este mundo. Ni sus formas personales, y mucho menos su comportamiento con los demás, podrá llevarnos a confundir el contenido de su vida. Jesús se enfrenta y condena la tiranía de los poderosos que someten y oprimen a los pequeños. Rechaza la opulencia y el lujo egoísta que se desentiende de los pobres, asumiendo un estilo de vida donde comparte su misma pobreza y se rebela contra la injusticia que la origina. Y por último, lejos de imponer su poder por la fuerza, subyugando a los opositores y contrarios, nos muestra el camino de la entrega personal, del servicio y de la misericordia como el único auténticamente humano por el que merece la pena vivir y morir.

         La realeza de Jesús consiste en dar su vida, por cuya sangre hemos recibido la redención y de este modo, desautoriza cualquier intento de manipular su mensaje por parte de falsos mesías que autoproclamándose liberadores de los pueblos, en realidad los someten bajo el yugo del terror y del miedo.

         Situada de esta forma nuestra comprensión de Jesucristo como Rey del Universo, también podemos acercarnos adecuadamente a lo que supone para nuestras vidas.

         Seguir a Jesús por el camino del Reino de Dios nos lleva a distinguir con especial claridad los hitos que marcaron el recorrido de su vida, la cual se nos narra en el evangelio, y desde la que iluminamos nuestra existencia.

         Aunque el reino de Dios no es de este mundo, en el sentido de que no se identifica con ninguna realización política temporal, este reino hemos de comenzar a construirlo en el presente.

         El reino de Dios se basa en las bienaventuranzas proclamadas por Jesús. Se sustenta en la misericordia y en el perdón que nos reconcilia y nos hermana en el amor. El Reino de Dios se asienta en la justicia que a todos dignifica y en la verdad que nos hace libres. El reino de Dios rechaza el lucro egoísta y la opresión de los débiles, favoreciendo al necesitado, al pobre y al oprimido. Reconoce la dignidad de todo ser humano como imagen y semejanza del Creador, denunciando las injusticias que se cometan contra él, y luchando siempre por su promoción y desarrollo, con la conciencia de ser una única fraternidad.

         Desde esta acogida del Reino de Dios, los cristianos nos sentimos especialmente invitados a caminar de la mano de nuestro Señor con la fuerza de su Espíritu Santo.

         Así podemos entender la entrega desinteresada de tantos hombres y mujeres, que fieles a su vocación sacerdotal, religiosa y laical, van sembrando a su paso semillas de vida y de esperanza, descubriendo entre las sombras del presente, destellos de la luz de Dios que iluminan con su amor nuestros pasos y nos ayudan a confiar en un futuro mejor.

         Quiero significar de forma especial un servicio que muchos cristianos desarrollan en su vida y mediante el cual van construyendo el Reino de Dios. Me refiero al compromiso social y político como expresión de la fe y vinculado a la vida de la comunidad eclesial.

         No es fácil en un mundo tan condicionado por los intereses de mercado, de prestigio, de poder, e incluso de partido, desarrollar una labor entregada y auténtica, en fidelidad al evangelio del Señor y en comunión con su Iglesia.

         Muchas veces los cristianos en la vida pública se sienten zarandeados entre las presiones de aquellos sectores de la sociedad que desean ser privilegiados en sus intereses, y las exigencias que la conciencia cristiana y la enseñanza de nuestra Iglesia les ofrece respetuosamente, para un justo servicio al bien común.

         Es muy difícil, a la vez que injusto, marcar claves de conducta absolutas y generales, sobre todo en un ambiente plural y libre como el sociopolítico. Pero tal vez sí debamos tener muy en cuenta todos los cristianos que ser seguidores de Jesucristo conlleva la fidelidad a su Palabra, recogida en el Evangelio y vivida a lo largo de la historia por su Iglesia, y esta experiencia comunitaria de la fe ha de ser para nosotros la primera escuela que forme nuestras conciencias y el hogar en el que contrastar nuestras posiciones para poder tomar una decisión coherente con nosotros mismos y en fidelidad a la verdad de nuestra fe y a la honestidad de vida.

         Junto a esto, la comunidad cristiana, y en especial los responsables de la misma, debemos alentar, sostener y acompañar con afecto a quienes de forma generosa entregan su vida al servicio de los demás. Siendo también exigentes y críticos en pro de un desarrollo de lo público desde la verdad, la justicia y la coherencia de la vida y la fe.

         Entregar la vida al servicio del bien común, en una sociedad multicultural, libre y democrática muchas veces conllevará sufrir la tensión interior entre lo posible y lo deseable. Tensión que sólo se puede vencer con una vida espiritual asentada en Dios, creador y defensor del ser humano, por medio del seguimiento de Jesucristo, único Señor a quien debemos servir, y animados con la fuerza del Espíritu Santo que nos mantiene unidos en la esperanza y en el amor.

         Que al celebrar hoy esta fiesta del Señor, revitalicemos nuestro compromiso por el Reino de Dios, le demos gracias por quienes entregan su vida al servicio de los demás y así un día podamos todos escuchar las palabras que Jesús, en su trono del dolor prometió a quien compartía su agonía, Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 

jueves, 13 de noviembre de 2025

DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXXIII DEL AÑO

16-11-25 (Ciclo C)

JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

 

Al escuchar hoy la palabra de Dios es como si se hubiera abierto una ventana por la que contemplar la realidad presente. Guerras, catástrofes, enfrentamiento entre pueblos... es como si los signos previstos en el evangelio se situaran delante de nuestros ojos ante el asombro y el temor de todos.

Sin embargo toda la historia de la humanidad está teñida con las sombras de sucesos como los actuales, de mayor o menor envergadura, pero siempre  con el mismo nivel de espanto para quienes los han tenido que vivir y sufrir.

La vida del ser humano es un largo camino que está marcado por la búsqueda de sentido a su existencia y la permanente espera de que algo nuevo y gozoso está siempre por llegar.

Nos pasamos la vida planteándonos cuestiones como el mal en el mundo, el sufrimiento, el hambre, la guerra, la muerte y nos lanzamos en busca de la felicidad, la libertad, la justicia, la paz, sabiendo que de esa manera merece la pena vivir. Y sobre todo, los cristianos anhelamos poder alcanzar la vida prometida por Dios e iniciada por Cristo en la resurrección.

Rezamos porque creemos, creemos porque hemos recibido una enseñanza cristiana, avalada por la tradición y el ejemplo de nuestros mayores que nos ayuda a vivir con optimismo y esperanza. Y porque vivimos así, a pesar de las dificultades, ofrecemos a nuestras jóvenes generaciones un camino por el que merece la pena adentrarse aunque otros estímulos del presente digan lo contrario.

Sabemos que toda nuestra vida está en las manos de Dios, que él mismo la ha creado y la anima con su espíritu. Y porque sentimos a Dios a nuestro lado en cada momento y situación, no podemos creer en pronósticos catastrofistas ni caer en la desesperación cuando la realidad nos supera con estos desastres. Dios no ha creado un mundo para destruirlo. La destrucción de la vida no está en el deseo divino sino en la insensatez y violencia del hombre.

Por esta razón, hemos de seguir el consejo de San Pablo como una exigencia de nuestra fe y una urgencia para el mundo. Trabajar con entrega para ganarnos el pan. Pero no el pan en sentido material solamente, sobre todo trabajar para ganarnos la vida que no termina y que ha sido inaugurada por Cristo.

Somos parte del mismo pueblo de Dios y todos tenemos una misión en la Iglesia y en el mundo, proseguir la obra del Señor de anunciar su evangelio con tesón y gozo, transmitir un testimonio que realmente transforme nuestro entorno, comprometernos en aquello que fomenta la dignidad del ser humano, la justicia y la paz, y celebrar juntos cada día la alegría de ser hijos de Dios.

Esta es la misión de la Iglesia a la que pertenecemos y esta tarea es responsabilidad de todos.

En medio de las dificultades y de las crisis de cualquier índole, lo que cuenta es la perseverancia. Esto es lo que el Señor nos pide ante la realidad que muchas veces nos superará.

Perseverar significa mantener viva la llama de la confianza y de la esperanza en medio de las dificultades sabiendo que siempre estamos en las manos de Dios y que es su plan de salvación el que marca los tiempos y los plazos de nuestra historia.

Esta actitud es además un antídoto frente a reacciones catastrofistas que nos lleven a dejarnos vencer por la desesperanza y la frustración. La comunidad cristiana primitiva creía en la inminencia de la llegada del reinado de Dios y del fin del mundo. De hecho en múltiples ocasione hemos escuchado que ese final estaba a las puertas de nuestro presente inmediato, llevando a muchos a una situación de desaliento.

Sin embargo bien sabemos que ese momento no está en las manos del hombre decidirlo, aunque sus medidas belicistas parezcan abocarnos al desastre universal. Pese a las multitudes de víctimas inocentes que han dejado los enfrentamientos entre pueblos y culturas, poco hemos avanzado para lograr una convivencia estable y pacífica entre nosotros.

Por eso es necesario no perder la esperanza y mantener viva la llama de la fe que nos lleve a confiar en la promesa salvadora del Señor. Hemos de trabajar como si todo dependiera de nosotros, de nuestra responsabilidad y entrega, pero sabiendo que estamos en las manos de Dios y que su obra llegará a término cuando él así lo disponga, y que seguro será para “recapitular en Cristo todas las cosas”.

Cuando la realidad circundante nos lleva a la desolación y desde ella ala falta de implicación por puro derrotismo, debemos orar con insistencia para que el Señor revitalice nuestra confianza asentada en su promesa de salvación. Sabemos que este mundo nuestro no es el Reino de Dios prometido por el Señor, pero también sabemos que es en este mundo nuestro donde empieza a emerger ese Reinado ya que como Él mismo nos ha asegurado “el reino de Dios está en medio de vosotros”.

Los cristianos, por lo tanto no podemos ser profetas de catástrofes irremediables, más bien debemos describir la realidad con sus sobras, ciertamente, pero sobre todo con las luces que en ella se perciben y que siempre serán signo de esa presencia divina en medio de nosotros.

Hoy recibimos una llamada a vivir nuestro compromiso de entrega positiva a favor de los más desfavorecidos. En esta jornada mundial de los pobres, vemos como un signo de regeneración humana toda obra de solidaridad y afecto para con los más necesitados. Eso sí que es rompedor de dinámicas destructoras, ya que donde entregamos la vida por amor a los demás, se cimienta un futuro de esperanza y de dignidad para todas las personas, y se anticipa de algún modo el Reinado de Dios en medio de nosotros.

 

viernes, 7 de noviembre de 2025

DEDICACIÓN BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN - FIESTA

 


DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

DEDICACIÓN DE LA BASILICA DE S. JUAN DE LETRÁN - FIESTA

9-11-25 (Ciclo C)

 

Queridos hermanos todos. Celebramos en este domingo, día del Señor, la Fiesta de la dedicación de la Basílica de S. Juan de Letrán, la  Catedral del Papa, y madre de todas las Iglesias del mundo. Una jornada de especial relevancia para nuestra vida comunitaria, porque también podemos celebrar el día de la Iglesia diocesana, que ya ha cumplido 75 años. Un día que nos invita a seguir a Jesús más firmemente y a ser servidores de su Evangelio. La invitación se dirige al corazón de cada miembro de la iglesia diocesana y, de manera especial, al de cada una de nuestras parroquias y comunidades, grupos y movimientos eclesiales. Es un día para celebrar la alegría de ser comunidad diocesana y para renovar nuestra vocación de serlo.          

Nadie sobra en la iglesia en su propósito de ser verdadero Cuerpo de Cristo y auténtico Pueblo de Dios. Todos los miembros somos necesarios para constituir este cuerpo vivo. Sin nuestra colaboración siempre le faltará algo. Por esta razón, es también un día para fortalecer nuestra implicación personal y comunitaria

La familia cristiana es mucho mayor que esta pequeña porción comunitaria en la que hemos nacido a la fe, y en la que de forma cotidiana la vivimos y enriquecemos por medio de los sacramentos y la actividad pastoral. Nuestras parroquias, de esta Unidad Pastoral del Casco Viejo, y con ella todas las demás parroquias de Bizkaia, forman la Iglesia diocesana de Bilbao, que bajo la guía y el servicio apostólico de nuestro Obispo, desarrolla la misión evangelizadora y misionera que Nuestro Señor Jesucristo encomendó a los apóstoles.

Pero esta labor apostólica sólo puede realizarse en la comunión eclesial. Todo en la Iglesia es comunión, y sin ella nada pueda darse que podamos considerar auténtico. Los Obispos del mundo viven esa unidad en la comunión entre ellos y con el Papa, sucesor de S. Pedro y Pastor de la Iglesia universal; nosotros en la diócesis, sacerdotes, religiosos y seglares, también vivimos esa unidad de fe y de vida en la comunión entre nosotros y con nuestro Obispo diocesano, D. Joseba.

Por ello podemos decir, que la jornada de la Iglesia diocesana es ante todo la fiesta de la familia que reaviva en su corazón los lazos de unidad, de afecto y de auténtica fraternidad, lazos fundamentales para construir una familia eclesial sana, abierta a todos y que vive en fidelidad al evangelio del Señor.

En esta tarea estamos todos involucrados, y de hecho el apóstol Pablo, como hemos escuchado en su carta, no escatima en esfuerzos para concienciar a todos los miembros de la comunidad para que asuman su responsabilidad en la Iglesia y en el mundo, “somos templo de Dios”.  No podemos vivir nuestra vinculación eclesial con apatía o desidia, como si el desarrollo de su vida no fuera con nosotros. La pertenencia a la Iglesia ha de ser afectiva, con corazón y profundo sentimiento de que es mía, que es mi familia vital y existencial, y también con una pertenecía efectiva, es decir, que se nota su efecto en mi comportamiento, compromiso y desarrollo de toda mi existencia. Ser miembro de la Iglesia me hace hermano de los demás cristianos, seguidor y discípulo de Jesucristo, el Señor,  e hijo de Dios y heredero de su Reino. Un  Reino que sin tener en este mundo su plena realización, sí va emergiendo con la entrega personal de cada creyente que lo va transformando y regenerando desde la justicia, el amor y la paz.

En esto se manifiesta el ejercicio de nuestra vocación concreta, la llamada que de Dios hemos recibido y que con libertad y responsabilidad cada uno desarrolla en su vida cotidiana.

Todos somos responsables de que nuestras comunidades se sientan enriquecidas con los distintos ministerios y carismas que la hagan vigorosa y eficaz en la transmisión de la fe.

Por ello podemos sentir la estrecha vinculación entre Iglesia diocesana y las distintas vocaciones que puedan nacer para su servicio.

En tiempos donde la vocación sacerdotal y religiosa escasea, todos los miembros de la familia eclesial tenemos que ponernos en clave vocacional. Las familias cristianas deben ser semilleros de vocaciones, donde sientan con gozo y gratitud la llamada de uno de sus miembros al servicio pastoral y a la animación de la comunidad. Tener un hijo sacerdote o religiosa o religioso, no es una desgracia, sino una gracia que Dios nos ha hecho porque ha provocado que en nuestro hogar se haya gestado con su amor y su bendición, una vida al servicio de los demás con entera disponibilidad y dedicación.

Esta vocación de ser miembros activos de la iglesia vale para todos, y es necesario que saquemos también sus consecuencias en el campo del sostenimiento económico de nuestra Iglesia. Una de las claves para tomar conciencia de nuestra madurez eclesial es que la Iglesia debe ser sostenida económicamente por sus propios miembros. El Estado sólo debe entregar, aquello que los fieles han decidido compartir a través de sus impuestos, y así lo ha establecido la legislación vigente.

Nadie puede acusar a la Iglesia de vivir a costa de quienes no la quieren, aunque esta Iglesia nuestra, no haga distinción de credos a la hora de servir con generosidad a todas las personas a través de sus instituciones y de manera muy especial para con los pobres, a través de cáritas.

Cristo tampoco despreció al necesitado por no ser de fe judía. Al contrario, como buen Samaritano, nos llama para acercarnos al hermano que sufre para ejercer con él la misericordia que brota de su amor incondicional y universal.

    La Iglesia ha de ser siempre el corazón de la humanidad, el motor del amor fraterno que transforme y dinamice el desarrollo de unas relaciones más justas y solidarias donde sea posible que emerja el reino de Dios. Y nuestra pertenencia a la Iglesia ha de ser vivida con plena conciencia y gratitud ya que en ella hemos nacido a la vida en Cristo, y en ella fortalecemos nuestra espiritualidad que nos une a Dios y a los hermanos.

Que en este día gozoso sintamos la amorosa compañía de nuestra Madre Santa María de Begoña, nuestra Amatxo. Que ella nos ayude a vivir con entera disponibilidad nuestra vocación, para que así podamos cantar con gozo las obras grandes que el Señor ha realizado en nuestras vidas.


viernes, 31 de octubre de 2025

CONMEMORACIÓN FIELES DIFUNTOS

 


CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

 

         “Hermanos, mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues los somos”. Con esta frase que suena a promesa realizada, nos introduce el evangelista S. Juan en lo más profundo del corazón de Dios, en su amor incondicional e infinito.

         Hoy es un día para revivir nuestros recuerdos y recuperar de ellos todo lo bueno, lo entrañable, lo mejor de aquellos seres a los que recordamos con ternura, afecto y también con dolor. Y es que cuando uno ama, no puede prescindir del desgarro que supone la separación de los seres amados.

Ayer celebrábamos a todos los santos proclamados por la Iglesia como Bienaventurados y que son aquellos que ya sabemos que han llegado al Reino de Dios y cuyo ejemplo es estímulo para nuestras vidas y modelo de auténtica humanidad.

Los difuntos que hoy recordamos y que nos tocan más de cerca porque cada uno traemos a nuestros seres más allegados en el afecto, son también muchos de ellos santos anónimos y discretos que han dejado una huella de amor en nuestras vidas y que esperamos gocen ya de la gloria del Señor.

         No podemos separar nuestra celebración de hoy de la fiesta de ayer. Celebrar a todos los santos y conmemorar a todos los difuntos, no es más que la prolongación de una misma fiesta que esperamos concluya con el reinado definitivo de nuestro Dios.

         Sin embargo hoy sí que es bueno centrar nuestra atención en la realidad humana de la muerte; una realidad que se impone de forma inevitable en todos y que evidentemente nos afecta. No sabemos casi nada de nuestro futuro inmediato, ni tan siquiera nos atrevemos a aventurar lo más mínimo nuestra suerte en la vida.        Pero sí tenemos la certeza de que tarde o temprano llegará nuestro final, y pocas veces nos preparamos para ello, las más lo evitamos e incluso rehusamos hablar de este tema.

         Si la muerte fuera el plácido desenlace de una vida larga y entregada, no nos impactaría tanto. Pero la muerte llega muchas veces de forma imprevista y cuando menos se espera. Por eso más que la muerte nos asusta la forma y el momento.

         Es natural que una vida limitada y frágil como la nuestra tenga su fin. Pero es contrario a la creación y voluntad de Dios que esa muerte sea provocada por el mal, el egoísmo o la violencia. Podemos comprender que el presente nos sirva como preparación para el vivir definitivo pero no podemos entender que se trunque de forma voluntaria por el odio y la ambición, o como medio para cualquier objetivo.

         Todos sufrimos por igual la separación de los nuestros. Todos vivimos el desgarro que supone una muerte motivada por una enfermedad o accidente. Cómo no solidarizarnos en el dolor con aquellos que han de sufrir la muerte violenta de los suyos.

         Hoy somos solidarios en el dolor y en el recuerdo. La muerte nos iguala a todos y no sabe de clases, ideas o bondad. Pobres y ricos, buenos y malos, todos tienen alguien que los recuerde y ame y si alguno fuera olvidado de los suyos, jamás dejaría de permanecer en la memoria de Dios.

Pocas cosas nos distinguen a los creyentes de los no creyentes a la hora de compartir la muerte. Pero hay una que sí es propia del cristiano, su fe en la resurrección. Cristo ha resucitado, y en esa esperanza vivimos y morimos todos nosotros.

         Los cristianos hemos intentado humanizar todo lo que nos afecta, también la muerte; y hemos sabido descubrir en medio de ella la mano amorosa de Dios. Jesús es el Señor de la vida que se acerca al sufrimiento. Jesús es el hombre que acude para devolver a la vida a la hija de Jairo, es el que coge de la mano al joven muerto y se lo devuelve a su madre, la viuda de Naím. Es el que llena de esperanza a Marta y María  ante la tumba de su hermano Lázaro. Pero sobre todo es el que entrega en las manos amorosas del Padre su propio espíritu antes de morir. Podemos acoger su vida y su muerte como testimonio de amor y esperanza para las nuestras, o quedarnos como aquellos judíos burlándonos en su dolor diciendo “a otros salvó, que se salve a sí mismo”.

Dios quiere que todos los hombres se salven, y así nos lo muestra Jesús en su evangelio de vida, “esta es la voluntad de mi Padre, que no pierda nada de lo que me dio y lo resucite en el último día”. La vida de Dios es gratuita, universal y eterna, y a esta vida estamos todos invitados.

         La vida es un don que hemos de cuidar desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte sabiendo poner en medio de ella el amor incondicional y pleno del Señor.

         Hoy recordamos a nuestros seres queridos que ya están contemplando el rostro de Dios porque gozan de su vida en plenitud. Nosotros y muchos hermanos enfermos, ancianos o impedidos, tenemos todavía que peregrinar por este valle de lágrimas. Pongamos más esperanza y consuelo en sus vidas con nuestra cercanía y la de toda la Iglesia que acompaña su temor o soledad, y sepamos ofrecerles el auxilio de su propia fe en el momento último de sus vidas.

         Obremos con los demás como quisiéramos que lo hicieran con nosotros y no neguemos a nadie el derecho que tiene a ser asistido en la vida para ayudarle a morir humana y cristianamente.

         La Eucaristía es memorial de la muerte y resurrección del Señor, y hoy unidos a todos nuestros hermanos aclamamos juntos “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS



SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Un año más celebramos la fiesta de todos los santos, la de aquellos que han recorrido el camino de la vida de forma sencilla y honesta, en fidelidad a Jesucristo y que son para nosotros ejemplo en el seguimiento del Señor. Es la fiesta de quienes ya gozan de la vida gloriosa prometida por Dios y de los cuales muchos han sido proclamados por la Iglesia como santos y modelos de creyentes, por su forma de vivir el evangelio de Cristo y de entregarse al servicio del Reino de Dios.

Los santos son quienes han hecho realidad en sus vidas el espíritu de las bienaventuranzas que acabamos de escuchar, y que constituyen el proyecto de vida de quienes ponen en Dios el fin de su existencia, su horizonte y meta,  y que para encontrarse con él saben mirar de forma permanente y con amor, la realidad de los hermanos.

Las bienaventuranzas son un proyecto que desconcierta a quienes basan su existencia en los fines de este mundo materialista, el poseer, dominar y brillar con luz propia olvidándose de los demás.

Sin embargo ese es el camino por el que nos encontramos con el Señor y que muchos, en esta historia de salvación ya han recorrido y de forma ejemplar. Ellos son nuestros maestros de espiritualidad, testigos de un vivir para Dios y para los demás y ejemplo de serenidad y misericordia incluso en momentos donde sufrieron martirio y violencia.

Pobre de espíritu es aquel que al margen de su situación material, buena o mala, siempre busca el rostro de quien peor lo pasa y sabe acercarse a la realidad del hermano para compartir su vida, sus bienes, su esperanza, su amor con aquellos que suplican nuestra solidaridad. La pobreza de espíritu no es ajena a la material. Es muy difícil la una sin la otra. Nunca seremos pobres en el espíritu si no sabemos acoger la pobreza material como estilo de vida austero y solidario.

La sencillez y humildad posibilitan el tener un corazón limpio para mirar a los demás. Un alma lúcida para contemplar  a los otros con misericordia, sin reproches, sin exigencias, sin condenas. Es del corazón de donde brotan las acciones y deseos más humanos o más viles. Allí se albergan nuestras intenciones profundas y de nuestra libertad para asumir nuestra propia condición dependerá la comprensión y respeto de cara a los demás.

Un corazón limpio regala permanentemente una nueva oportunidad; un corazón limpio hace posible el milagro del perdón y de la reconciliación, porque sabe que todos hemos sido reconciliados por el amor y la misericordia del Señor, y reconoce que nuestra masa no es diferente de la de los demás.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, y los que tienen hambre y sed de la justicia. Cómo resuena en nuestros tiempos esta voz de Cristo en medio de los abusos e injusticias que tantos inocentes sufren a lo largo del mundo. Guerras, violencias, terrorismo, tantas formas de explotación que muestran la vileza a la que podemos llegar e incluso justificar con ideologías engañosas y mezquinas.

El ser humano es capaz de hacer las cosas más grandes y también las más viles. Pues los santos son aquellos que aun a riesgo de su propia vida jamás favorecieron la violencia y sus vidas entregadas supieron sembrar concordia y paz.

Trabajar por la justicia, y padecer por ella, les llevó a afrontar en su vida la persecución y el rechazo por fidelidad a Cristo. Y esta es una cualidad que casi todos compartieron, experimentando el valor de la última bienaventuranza “dichosos vosotros cuando os insulten y os injurien y os persigan por mi causa”.

El perseguido por causa de Cristo y su evangelio es un bienaventurado, un ser dichoso porque su recompensa es el Reino de Dios.

Y esta llamada que nuestros hermanos acogieron y a la que respondieron de forma heroica, hoy también se nos hace a nosotros.

Nuestra coherencia cristiana se ha de explicitar con firmeza en momentos de clara injusticia personal o social, respondiendo con valor a los ataques contra la vida y la dignidad que con tanta frecuencia se realizan y amparan desde proyectos políticos, incluso desde los partidos que han contado con nuestro apoyo.

Ser cristiano en medio de esta asamblea eucarística es fácil y evidente. Ser cristiano en medio de la agrupación vecinal, o del partido político o del ambiente social en general, es mucho más complejo y debemos saber que si nos posicionamos como cristianos muchas veces nos van a criticar e incluso perseguir. Pero callar nuestra voz en medio de las injusticias y la falsedad, nos hace cómplices de ellas.

Los cristianos hemos de vivir nuestra fe encarnada en el mundo, como lo han hecho aquellos que nos precedieron y cuya fiesta hoy celebramos. Y vivir esa fe con coherencia implica dar la cara por Jesucristo y por nuestro prójimo a quien hemos de amar como a nosotros mismos.

Todos estamos llamados hoy a seguir el camino de la santidad. La santidad no es sólo la meta a alcanzar, es también la tarea cotidiana por la que merece la pena vivir y entregarse, siguiendo las huellas de Jesucristo, camino verdad y vida, de manera que vayamos construyendo su reino de amor, y así podamos vivir todos como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. De este modo y tras el recorrido de la vida que cada uno deba realizar, podamos descansar en las manos de Dios por haber sabido combatir las penalidades desde la fe, la esperanza y el amor.

Estas son las virtudes comunes a todos los santos; una fe que mantiene siempre la confianza en Dios por encima de cualquier dificultad. Una esperanza que se asienta en la convicción de que  nuestra vida está en las manos de Dios y que se siente siempre acompañada por Aquel que nos creó según su imagen y semejanza. Y todo ello vivido desde el amor, que es lo mejor que posee el ser humano y que nos hace libres capacitándonos para el perdón y la construcción de un mundo fraterno.

Que la alegría que hoy comparte la comunidad cristiana al recordar y agradecer la vida de tantas mujeres y hombres que a lo largo de los siglos han dado autenticidad a nuestra Iglesia sea para todos nosotros estímulo en el seguimiento de Jesucristo. Que el Espíritu Santo nos impulse a vivir con gozo e ilusión porque “el amor que nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios”, nos convierte en herederos de su gloria y en portadores de su esperanza.

 


sábado, 18 de octubre de 2025

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO

19-10-25 (ciclo C)

 

El evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra una situación de enorme desamparo. Un juez “que ni le importa Dios ni los hombres”. Una muestra de corrupción personal absoluta, ante la que una pobre mujer viuda, totalmente desatendida y sin que nadie la ayude, se atreve a reclamar justicia.

A todas luces, aquella mujer echaba súplicas al vacío, ya que no tenía ninguna posibilidad de ser escuchada en su angustia. Y sin embargo el Señor utiliza esta escena para justificar la necesidad de pedir a Dios sin descanso, de no perder nunca la confianza en nuestro Padre.

Es verdad que existen situaciones de absoluta desolación, donde no hay lugar para ningún resquicio de esperanza y en las que parece que todo se ha terminado. Y muchos de esos desgarros del alma se deben a las injusticias cometidas por los hombres sin escrúpulos ni conciencia.

Y sin embargo hasta esa gente depravada puede tener alguna razón para hacer el bien hasta sin pretenderlo. Y es ese el ejemplo que pone Jesús del juez injusto, que es capaz de hacer justicia, aunque sólo sea para que dejen de molestarlo.

Y es aquí donde da el salto a la fe. Si eso es capaz de hacer un malvado, ¿cómo no va a escuchar nuestra súplicas nuestro Padre del Cielo?, ¿cómo podemos dudar de que el Señor está atento a las necesidades de sus hijos y que nada de lo que nos acontece le es indiferente?.

Y sin embargo, con la última frase del evangelio, Jesús pone en duda que Dios vaya a encontrar esta fe cuando llegue el final de los tiempos.

Por qué tiene el Señor esta duda sobre nosotros.

La experiencia vital que Jesús comparte junto a sus discípulos, le hace ver cuán débil son las opciones fundamentales de nuestra vida. Cuantas veces le han dicho “te seguiré a donde vayas”, “lo dejaré todo por ti”, “tú eres el Mesías de Dios”… Palabras que han pronunciado sus seguidores e incluso sus apóstoles, pero que van acompañadas de permanentes negaciones, dudas y temores.

En domingos pasados hemos escuchado cómo el Señor les decía que “si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”. Y es que la fe es una experiencia que requiere permanentes cuidados para que no languidezca y muera, ya que son constantes las dificultades con las que se va a encontrar a lo largo de la vida del creyente.

La fe exige la adhesión al Señor de forma plena e incondicional. Creer contra toda duda, esperar contra toda esperanza, amar en definitiva a Dios, y desde Él a los hermanos, de forma plena y libre.

Acudimos a Dios, a nuestro buen y fiel Juez, cuando nos vemos necesitados en la enfermedad, en la necesidad o en la debilidad de la vida, y muchas veces vemos que nuestra situación física y material se mantiene intacta. Que no nos hemos curado nosotros o los nuestros, que seguimos en la necesidad material que tanto apremia nuestros hogares y a seres queridos, que no se produce el milagro tan anhelado y suplicado. Entonces surge la duda o el reproche, ¿por qué, Señor?

Y esto nos sucede porque nuestra mirada y nuestra esperanza está puesta en el bien reclamado, y no en el encuentro personal con el Señor por medio del cual sienta mi vida sanada y salvada, más allá de lo físico o material.

Se puede vivir digna y plenamente en medio de la necesidad, porque ella es intrínseca a nuestra naturaleza humana, y sin embargo no es lo constitutivo de la misma. Nuestra vida es mucho más que sus límites, ante todo es imagen y semejanza del Creador, que nos ha llamado a una vida en plenitud más allá de las circunstancias del presente, aunque ellas hayan de ser transformadas y sanadas cada día con nuestra entrega personal.

Dios no nos desampara porque no experimentemos un resultado positivo en nuestras preces, todo lo contrario. Nuestra petición auténtica ha de estar orientada a solicitar de su misericordia el don de su Espíritu Santo, para poder experimentar su presencia alentadora y su fuerza victoriosa en medio de cualquier adversidad. Y esto nos lo asegura el Señor.

El gran peligro que corremos en este tiempo de adelantos, logros y éxitos humanos en todos los campos de la ciencia y del saber, es creernos inmunes a cualquier indigencia. Se impone con sutileza la imagen de que el destino y la gloria están en nuestras manos poderosas y autosuficientes. No necesitamos de nada ni de nadie más allá de nosotros mismos, y el hombre sólo tiene que escuchar y obedecer sus propios deseos que serán lo que le haga grande y feliz.

Pero es en este horizonte autorreferencial donde lo único que encontramos es la frustración y  el desamparo. Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St. 4, 2b-3) Nos dice el apóstol Santiago en su carta. Vemos con desilusión que aquello que muchas veces deseamos nos resulta inaccesible, y que incluso aunque estuviera al alcance de nuestra mano no sería la plenitud de nuestra satisfacción.

Sólo la fe purificada y acrisolada en el abandono absoluto en las manos de Dios, es lo que fortalece nuestra esperanza, nos colma en el amor y nos otorga la dicha y el gozo. Pero para ello ha de liberarse de muchas ataduras que la constriñen y debilitan, porque no hay nada que más hunda al ser humano que la ausencia de esperanza, a lo cual se llega si se pierden el amor y la fe.

Por eso el Señor teme que nos dejemos arrastrar por falsos ideales, o lo que es lo mismo, que vayamos en pos de ídolos que prometen deleites inmediatos a cambio de subyugar nuestra libertad. Y para ello, anima el Apóstol Pablo en su carta a Timoteo y a todos los discípulos del Señor, que en todo momento proclamen la Palabra de Dios, insistiendo “a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de los que les gusta oír”. Y qué gran vacío cuando al pervertirse el mensaje no queda nada de lo auténtico, de lo verdadero.

La mentira ha existido siempre, y es la mejor argucia que ha utilizado el Maligno para confundir las sanas conciencias.

Ese “relativismo epistemológico” de nuestros días que nos lleva a considerar que todo nuestro conocimiento depende de la perspectiva cultural, ideológica o institucional de los sujetos, y que no es en sí mismo verdadero o falso, sino que depende únicamente de las opiniones subjetivas, es lo que nos lleva a negar en última instancia, al mismo Dios.

Y San Pablo, conocedor de esas corrientes del pensamiento, nos previene para que buscando la verdad intrínseca de los seres y de las cosas, seamos capaces de reconocer en ellas la bondad misericordiosa del Señor.

Hoy somos nosotros los que debemos anunciar a Cristo a tiempo y a destiempo, sabiendo que somos los discípulos el Señor en este momento de nuestra historia. Y si es verdad que la Palabra debe ser permanentemente anunciada, no cabe duda de que el mejor anuncio será el testimonio personal de nuestras vidas.